📖✨ La poesía continúa
La Fundación Marco Antonio Corcuera comparte la primera entrega de la nota del poeta Roger Santiváñez sobre los libros ganadores del Premio El Poeta Joven del Perú 2025; en esta ocasión, se aborda "Sonimientos" de Renato Miguel Bueno Benito, un poemario donde el dolor se transforma en sonido y la poesía se afirma como canto frente a la experiencia urbana, el lenguaje y la tradición literaria, revelando una voz que, desde lo lúdico y lo sonoro, persiste y se abre paso. ✨

Premio Poeta Joven del Perú 2025: La poesía continúa
Roger Santiváñez
Empezaremos con Sonimientos de Renato Bueno. En primer lugar, diremos que estamos ante un libro muy bien estructurado, que se abre con un «Arte Poética» y se organiza en cinco secciones diferenciadas. En relación con un texto inicial que funciona al mismo tiempo como epígrafe y dedicatoria, girando en torno “al doler” (ojo: no al dolor, sino al doler), el primer poema nos sitúa en la concepción de la poesía que esgrime Renato Bueno: «sentir dolor y no / poder apuntarlo / sentir dolor y sí saber sonarlo». Esto es clave: el poeta percibe el dolor, pero no puede escribirlo; sin embargo, sí puede dotarlo de sonido, es decir, de música… de poesía, en suma. Comprendemos, así que nuestro autor parte del dolor para componer. Esta aprehensión resulta de clara resonancia vallejiana, lo que se confirma con la cita de Vallejo al principio del libro.
«Imageo y debujeo. no lo atrapo / canta torbellino canta» leemos más adelante. Este par de verbos trastocados, en un evidente capricho neologista —anunciado ya en el título de la obra, fusión de “sonido” y “sentimiento” —, lo que nos da Sonimientos, constituye una marca del estilo de Bueno. Cerrando el poema, dice: “Sentir el verso y no poder escribirlo”, pero se contradice y culmina afirmando: “Canta torbellino, canta, que al sonido, yo le canto”. Es decir, el poeta vence al final; prueba de ello es el libro que tenemos en nuestras manos.
La contradicción parece pronunciarse en el nombre de la primera sección del poemario: “Constantes eternidades inconstantes”. Son dos textos en los que primaría el apotegma heracliteano “Panta rei” (“todo pasa”); pero la rosa, símbolo tradicional de la belleza, existe y transita —aunque en una realidad no muy atractiva—: “entre mugror y mierdor”, nos dice acremente el poeta con sus neologismos. Y, sin embargo, prosigue: “va sin un porqué / nuestra rosa es sin porqué”. Reivindica entonces la belleza, amparada solo y nada más que en la belleza de su propia existencia; lo cual es una hermosa, plena y radical defensa de la poesía.
El segundo poema, “Nos chat de whatsapp”, introduce un tema cibernético mediante la fracturación verbal: “ya empezó: ni nos amos ni nos besos ni nos” para seguir “juega conmigo, por favor”, evidenciando un esencial elemento lúdico que lo lleva a afirmar: “nos lenguaje desgastó”. Y el juego se define así en el chateo de internet: “dime también únicamente una sola vez tu miau”, cerrando el poema con una resonancia al Eliot de “La tierra baldía”: “Hola Es tarde Mañana hablamos Buenas noches / (emoticón) / Está bien. Sí (✓✓)”. Lo interesante aquí es la comunicación entre dos personas y también la incomunicación ciber que estaría representada no solo por la fracturación de la expresión sino con el desgaste del lenguaje claramente explicitado en el poema.
Desde los días iniciales de la generación del 70, la ciudad ha sido un tema muy socorrido en la poesía peruana, y dentro de ella, la imagen del servicio público, concretamente la figura del muy urbano microbús. Nuestro joven poeta se entronca a esta tradición en el primer poema de la tercera sección, irónicamente denominada “Símbolos patrios”, signado simplemente con el número IV, como siguiendo un correlato numeral que viene desde antes en el conjunto. El poema recrea una típica escena durante un viaje en microbús por Lima. Inicia de la siguiente forma: “Pagando con sencillo siéntase una gorda lisonjera (quiere su vuelto) / ¡suba suba! Todo Brasil”, e inmediatamente somos notificados sobre la condición migrante de Lima: “y súbase todo limeño que en el fondo no lo es”. La escena incorpora una situación cotidiana: “‘cómprame papito, un caramelo’”, mientras el caos y la confusión se nos expone con real crudeza: “que sus gritos, gritos son / que sus regates, regates son / que sus hablas, hablas son / y que Lima es un sonido y los sonidos / sonidos son”. Esta cadencia, de resonancia vallejiana, alude no solo al desorden y al tumulto, sino que interpreta el lenguaje (el habla) como emblema de la ciudad que sería o estaría representada por su sonido, es decir, su melodía y su canción. Sí, allí mismo reunida en el microbús. La propia oralidad del poema así lo testimonia. El caos urbano y la realidad doméstica, incluso hogareña prosigue en los dos poemas (uno de ellos se llama “Plaza Dos de Mayo”) que culminan esta sección.
La sección “A nosotras (y a él también)” gira en torno a la figura materna y al terruño ancestral (Chuquisuso). Prosigue la sección “Verso inverso en la forma conversa del otrora versar” que, como puede notarse, el poeta nos ofrece su inclinación al juego de sonidos con las palabras. Este aspecto lúdico se reafirma con el “Antisoneto V” que inicia la sección, herencia directa del gran Martín Adán, creador del “anisoneto”, como lo definió José Carlos Mariátegui, y cuya influencia queda clara en la dicción del poema. El cultismo del que hace gala Bueno se manifiesta, asimismo, en el texto “Amorosa cuaderna libre vía” relativo a Gonzalo de Berceo, sin olvidarnos de Verlaine, presente igualmente al principio del poemario. La última sección “Nostos” que cierra la obra, está conformada por un solo poema largo “A pesar de y sin embargo”, el cual nos presenta como una suerte de reflexión general sobre la vida y, dentro de ella, la poesía. Todo en un ambiente doméstico y familiar provisto de rotunda oralidad: “ya te acuestas temprano, ya no compras el pan” o “!Pagando con sencillo!” y “Cómprame papito”, es decir, testimoniando la realidad urbana de Lima, ciudad que es definida como “Lima es un sonido, ni barrios ni conero ni limeños”, reivindicando de nuevo la idea de la poesía como producción sónica. El Perú aparece de este modo: “me duele mi país pero canto, canto, canto, no me dejo”, planteando una especie de salvación por el camino de la poesía. Incluso el poeta se ampara en nuestra gran figura tutelar: “si hay Vallejo no todo está perdido”, cerrando el poema y el libro con una exhortación al lector, hipócrita lector de Baudelaire, con una sola palabra: “!CANTA!”. De acuerdo poeta joven le decimos, seguiremos como tú en el canto.
Roger Santiváñez
[Orillas del río Cooper, sur de New Jersey, marzo de 2026]
