Julio Corcuera rinde homenaje al Dr. Jorge Ramiro León Plasencia, entrañable amigo de Marco Antonio Corcuera, a través de un emotivo testimonio que reconstruye su vida, su carácter íntegro y una amistad marcada por los años, la memoria y la lealtad.
Un relato que, entre recuerdos personales y documentos de época, también ilumina un capítulo significativo de la historia literaria peruana, poniendo en valor la huella silenciosa de quienes contribuyen con su ejemplo a la memoria cultural.


In memoriam
Dr. Jorge Ramiro León Plasencia, amigo de Marco Antonio Corcuera
Desde pequeños nuestro padre, el poeta Marco Antonio Corcuera, nos acostumbró a viajar a Contumazá. Siempre que podíamos viajábamos en familia o a veces solo con él. Recuerdo que, en cada viaje, mencionaba que visitaría a un gran amigo, contemporáneo suyo. Tal vez nos mencionó muchas veces su nombre, pero cuando uno es pequeño, es fácil olvidarlo, sabiendo, como es natural en los niños, que uno va a disfrutar del campo y de la belleza del pueblo.
En cuanto llegábamos a la ciudad, su primer destino era ir directamente a la Fiscalía. Ingresaba a ese lugar –una especie de casona con un pequeño patio en el primer piso–, tomaba luego unas escaleras del lado derecho e ingresaba a un ambiente en donde le perdíamos de vista. Con nuestra madre esperábamos en el patio de la primera planta o bien salíamos a caminar dando tiempo a que mi padre se desocupara. Para nosotros, esta visita a la fiscalía representaba de alguna manera un viaje de trabajo para él.


Al pasar los años, y teniendo yo la urgencia de establecerme en Contumazá por una temporada por temas de trabajo, es que mi padre me vuelve a recordar el nombre que ya habíamos escuchado tantas veces. Nos decía algo así: “tengo un gran amigo de niñez y de estudios universitarios que retornó a Contumazá a trabajar y vivir aquí. Se trata del Dr. Jorge Ramiro León Plasencia, actual Fiscal Provincial de Contumazá. Le voy a consultar si es posible que te puedas quedar en su casa una temporada hasta habilitarte un cuarto en la casa dónde yo viví de niño”.
Instalados en el Hotel de Turistas, nos dirigimos juntos a la Fiscalía. Subió conmigo. Se anunció con su secretario y ante la respuesta: “Dr. Corcuera, pase usted”, ingresamos ambos al despacho Fiscal; noté con cuánto cariño y prontitud ambos se abrazaban y saludaban. Era de admirar el afecto con que se trataban. Seguramente muchos recuerdos de su niñez y de su época de estudiantes universitarios afloraban en esos momentos. Luego de conversar sobre muy diversos temas, el doctor Jorge, aceptó la propuesta de quedarme en su casa una temporada hasta que se habilitara una habitación en la antigua casa de mi padre y poder trasladarme ahí. Creo que me quedé tres o cuatro meses en casa del amigo fiscal, tiempo suficiente como para poder decir algunas palabras sobre el entrañable amigo de mi padre.
Don Jorge León era una persona sumamente metódica, puntual en sus compromisos, estudioso de sus casos y justo en sus informes. Conversábamos mucho, constaté que era hombre de un bagaje cultural amplio y de muy buenos gustos al vestir, siempre elegante, usaba terno completo incluido chaleco y sombrero de paño que cubría su calvicie. Sus camisas eran impecables, muy bien planchadas, sus cuellos y sus puños de manga almidonados, a la usanza de comienzos del siglo XX. Sus zapatos, muy bien lustrados, al punto de parecer recién comprados. Medido al hablar, primero observaba, analizada y si tenía que intervenir lo hacía de manera puntual y sobria.
Todas las tardes, alrededor de las seis o siete, luego de tomar nuestros alimentos, caminábamos hacia la Plaza de Armas y dábamos nuestra caminata por el malecón para conversar de nuestro día a día. Intercambiamos impresiones y consejos. Charlábamos sobre temas diversos. Me encantaba ver el cariño con que la gente lo saludaba, definitivamente era un personaje en el pueblo. No le gustaba lucirse mucho, por lo que no era fácilmente visible, evitaba reuniones grandes y más bien prefería la tranquilidad de su hogar.
Estando en su casa pude conocer más profundamente a toda su familia. Su esposa, la Sra. Nora Collantes Gálvez, era una dama sumamente alegre y presta a resolver los problemas de todos. Poseía un carácter especial que le permitía congeniar rápidamente con la gente. En esas circunstancias de convivencia pude conocer también a los otros miembros de la familia: Rosa, Judith, Luz Marina y Jorge Ismael León Collantes. Con este último cultivé una gran una amistad. Con el paso del tiempo nuestro trato se volvió muy respetuoso y fraterno al punto que hasta hoy nos tratamos de primos. Jorge Ismael se ha desempeñado como diplomático en diferentes países. Actualmente ha sido designado como Director de la Oficina Desconcentrada del Ministerio de Relaciones Exteriores en Trujillo, lo que nos permite frecuentarnos, practicar deporte juntos y mantener círculos de amigos muy parecidos.


Volviendo al vínculo entre mi padre y el suyo, me serviré de un texto que el mismo Marco Antonio escribiera y que se constituiría posteriormente en el libro Apuntes para mis memorias, de publicación póstuma, bajo el auspicio de la Municipalidad Provincial de Contumazá el año 2019. En él se lee lo siguiente:
«… Los estudios primarios [primero, segundo y tercero de primaria] los inicié en Contumazá, en el Centro Escolar 101. Aún recuerdo al gran educador, señor Octavio Lingan Célis [natural de Santa Cruz, hermano de la madre de Alfonso Barrantes Lingán] y su libro Gramática materna…
… Nuestros condiscípulos fueron Jorge Ramiro León Plasencia, Demetrio Alva Saldaña, José Rodríguez Montoya, que llegara a ser Presidente de la Corte Superior de Justicia, dando el mayor timbre de honor a la tierra, pero por sobre todo, dejando limpio su nombre en el cumplimiento del deber y en la rectitud de la conciencia…».
Como se ve, nuestros padres estudiaron sus primeros años juntos, luego por motivos de trabajo mis abuelos migraron a Trujillo y con ellos Marco Antonio para que continué sus estudios primarios en el emblemático Colegio Pedro M. Ureña, más conocido como Centro Viejo, ubicado en la Plaza de Armas de esta ciudad.
«… En Contumazá habíamos estudiado los tres primeros años de primaria en el Colegio N° 101 y al trasladarnos a Trujillo se nos matriculó en el Centro Viejo de la Plaza de Armas. Teníamos que recorrer casi todo el centro de la ciudad para llegar y hacerlo a tiempo, antes de que se inicien las clases…».
La amistad entre mi padre y el doctor Jorge Ramiro León se volvió a acrecentar con su encuentro en Lima, en la Universidad [Nacional] Mayor de San Marcos el año de 1939. Vivieron en la misma pensión hasta culminar los estudios universitarios el año 1944, año en que Marco Antonio retornó a Trujillo. Vivieron en la pensión de la tía María Georgina Pajares, madre de don Washington Barrera Pajares, en aquel momento, estudiante de medicina. En alusión a ese tiempo de estudiante universitario, Marco Antonio, escribiría lo siguiente en el mismo libro:
«… Los primeros años de nuestra estancia en Lima, transcurrieron en la casa de la tía María Georgina Pajares de Barrera, en la calle la Rifa (ahora Miro-Quesada) No. 344 donde se encontró la familia contumacina, con la inclusión de Andrés y Alejandrina Zevallos. El terremoto de 1940 destruyó mucho la vieja casa interrumpiendo nuestro paso al departamento que teníamos en el fondo, por lo que tuvimos que hacerlo a través de un tablón tendido entre las dos paredes que quedaban en el segundo piso. Allí recordamos haber recibido y pasado muchos instantes de acercamiento con el poeta Luis Valle Goicochea, que estaba en el periodo previo a su ingreso al Convento…».
Durante esa estancia universitaria es que Marco Antonio participaría en los Juegos Florales Universitarios en los que obtendría una meritoria Mención Honrosa por sus Cinco poemas breves, lo que le permitió ingresar por la puerta grande de la literatura, en especial, a la poesía.
Una tarde, arreglando su escritorio, me topé con un sobre que contenía artículos diversos, publicados en los años cuarenta, relacionados con los Juegos Florales Universitarios, y entre ellos una nota muy pequeña que daba cuenta de un ágape que el joven poeta Marco Antonio Corcuera recibiera de parte de sus amigos de pensión en la ciudad de Lima. En ella se lee lo siguiente:
«DE CONTUMAZÁ.
LLEGO UN POETA CONTUMACINO.
Hace pocos días llegó a esta ciudad uno de sus hijos destacados, el poeta joven universitario Marco Antonio Corcuera Díaz, que ha dado un timbre de honor a Contumazá, haciéndose conocido entre los círculos literarios nacionales con el brillante trabajo presentado en los Juegos Florales universitarios del año pasado [1940] promovidos por la Universidad Mayor de San Marcos, de la cual es su distinguido alumno.
Un selecto grupo de amigos, le ofrecieron un banquete en la noche del 29 de marzo, en ‘La pensión Lima’. La palabra de ofrecimiento estuvo á cargo del joven universitario Jorge León. La mayor parte de los oferentes elogiaron al poeta amigo quien contestó agradeciendo la manifestación de que era objeto y haciendo resaltar la belleza literaria de la tierra contumacina».
La nota periodística consigna como fecha el 15 de abril de 1941, publicada en el diario La Industria de Trujillo. En esa época, el diario publicaba notas de hechos sucedidos en otras localidades para que los coterráneos estuviesen debidamente enterados de los sucesos que acaecían en sus respectivos pueblos. La misma nota ya había sido publicada en el diario El Corresponsal de Cajamarca, en su sección Voz de los pueblos, el día 3 de abril de 1941.
Sobre esta nota me gustaría esbozar algunas ideas que se pueden leer entre líneas y que ayudan a entender el grado de conexión de mi padre con el Dr. Jorge Ramiro León, e inferir, al mismo tiempo, posibles lazos de amistad entre el Dr. León con los demás miembros del grupo poético emergente en dicho momento, concretamente con los miembros del grupo Los Poetas del Pueblo y con los fundadores de la revista Cuadernos Trimestrales de Poesía en su primera etapa de publicación en Lima entre los años 1941 a 1945.
El texto hace referencia a “un selecto grupo de amigos”, los mejores amigos, o al menos a los más cercanos, incluyendo a los que viven en la pensión, toda vez que se ven a diario con ellos.
Para que un selecto grupo de amigos se organice y decidan “ofrecer un banquete” es porque se trata de un homenajeado importante y que amerita hacer algo distinguido por la altura de los logros alcanzados.
Para que ese grupo designe a uno de ellos –“la palabra de ofrecimiento estuvo a cargo del joven universitario Jorge [Ramiro] León [Plasencia]”–, es porque se trata del amigo más cercano o por lo menos el que mejor conoce al homenajeado para poder hacer la mejor semblanza de él.
Si la nota habla de un grupo de amigos, se debe entender que la mayoría de ellos posiblemente sean de origen contumacino por tratarse de la pensión de la tía María Georgina. Por tanto, lo más probable es que estuvieran ahí el joven poeta Mario Florían Díaz y Andrés Zevallos y sus hermanas.
Ahora cobra mucho más sentido el grado de amistad que unía a mi padre con el doctor Jorge Ramiro León y el porqué de su deseo de ir a saludarlo cada vez que viajábamos a Contumazá, amistad que denota su grado de compenetración, acrisolado por los años de convivencia universitaria y por hechos políticos de gran trascendencia.
Contumazá, tiene una deuda muy alta con este distinguido personaje llamado Jorge Ramiro León Plasencia. La historia no lo registra en ningún evento político ni social. Sin embargo, administró justicia de manera recta, sin pretensiones de reconocimiento fácil, demostrando impecable moralidad gracias a una férrea educación familiar y a su correcta formación en las aulas sanmarquinas.
Uno de los más importantes pintores de Contumazá, amigo y contemporáneo a él, me refiero a Don Andrés Zevallos de la Puente, hizo una colección de caricaturas alrededor de los años setenta sobre varios personajes contumacinos, entre ellas una bonita caricatura de nuestro querido personaje, doctor Jorge Ramiro León Plasencia. Actualmente, la colección es custodiada por la Municipalidad Provincial de Contumazá, para ser colocada en alguna galería próxima a construirse.
Les comparto un bello poema de Marco Antonio titulado “Lluvia de sierra”, tomado del poemario póstumo Extravagancias, gracias al auspicio del Fondo Editorial de la Universidad Privada Antenor Orrego, el año 2016.
Lluvia en la sierra
Está empañándose el cristal del cielo,
del sol apenas mírase una lanza,
mientras el día perezoso avanza
desamparando a nuestro pobre suelo.
Se cubre el alma de un inquieto anhelo
y brota en nuestro ser una esperanza
que a los etéreos ámbitos alcanza
mientras raudo retorna un desconsuelo.
Las nubes han poblado ya el ambiente,
un alado airecillo el alma siente;
el presente de lluvia del océano,
ese amigo lejano de la sierra
que envía diplomático a la tierra
el agua que mandó de Dios la mano.
