📖✨ La poesía continúa - Parte II
La Fundación Marco Antonio Corcuera comparte la segunda entrega de la nota del poeta Roger Santiváñez sobre los libros ganadores del Premio El Poeta Joven del Perú 2025; en esta ocasión, se aborda "Una sola hebra" de Camila Estefany Donayre Guevara, un poemario que concibe la poesía como tejido donde el dolor, la memoria y la ausencia se entrelazan en imágenes de notable fuerza lírica, transitando desde la pérdida y el vínculo familiar hasta la soledad y la reconstrucción de la identidad, para finalmente afirmar, en el nudo entre fragilidad y esperanza, una voz que se proyecta con intensidad hacia el porvenir de la poesía peruana. ✨

Premio Poeta Joven del Perú 2025: La poesía continúa
Roger Santiváñez
Pasemos ahora al libro Una sola hebra de Camila Estefany Donayre Guevara, primer premio, también, compartido con Renato Bueno, en el concurso 2025. Desde el título, lo primero que llama la atención es la concepción de la poesía como un textil (un texto, en el origen de la palabra) enhebrado con hilos: un tejido, entonces. De allí que la primera parte del poemario se llame “Hilos de ausencia” y se nos consigna que se va a “hilvanar la primera forma del dolor”. Es interesante comprobar que tanto este libro como el de Renato Bueno, incidan de arranque en el dolor, concepto altamente poético por su puesto. Recordemos la famosa frase de Luis Hernández: “Poesía es evitar el dolor”. El libro empieza con el lamento por una muerte cercana que llena de incertidumbre a nuestra poeta: “ese no saber es la daga más fina”. Alguien ha muerto, posiblemente un ser querido y ante esa ausencia Camila Donayre nos dice: “Tu nombre resuena, sí. / Como un disparo lejano en la noche seca, / como el crujir de una puerta al viento Paracas”. Nótese la locación geográfica en la zona de Ica (de donde es la autora) y la resonancia valdelomariana que sentimos nosotros como lectores. Esta sección inicial se cierra con “Achirana” (resonancia literaria a la famosa tradición de Palma) que evoca el canal de riego típicamente iqueño que la poeta define del siguiente modo: “Su corriente es un suspiro fresco sobre la quemazón, / mas lleva en su cauce oculto la espina”. La espina del dolor, sin duda.
Las “Urdimbres” de la segunda sección del libro (“la hebra se enreda a memorias ásperas y calladas, tejiendo entre grietas heredadas” como comenta la poeta a manera de subtítulo) nos advierte que serán recuerdos los que vienen aquí y relativos al ancestro. De allí que nos encontremos con “la abuela que fue catedral y desierto” en el poema que principia con un verso que alude, en intertexto, al hermoso poema de Valdelomar: “Al hermano ausente en la mesa de Pascua”, pero Camila nos lo pone a su nueva forma: “Hay tres sillas vacías en la mesa del tiempo”, y prosigue en un siguiente texto: “Tu cabello, cascada de ceniza, / glaciar tallado por décadas”, derrochando talento en la construcción de estas imágenes, lo que nos permite augurarle un gran futuro creador a esta joven poeta.
La tercera parte que continúa se denomina “Alfileres en el alma” y, ahí, “la hebra se hunde en la carne, bordando afectos rotos”. La madre aparece, y con bellas imágenes como esta: “Que hay noches / en que el espejo te devuelve una niña perdida” de tremenda ternura filial y más adelante, en el poema “Anatomía de un abrazo invisible”, hallamos este pareado: “y dejas que la sal limpie las heridas / como el mar lava sus propias orillas en secreto”. Hermosa poesía sin duda. Por otro lado, hay un testimonio del proceso evolutivo de la persona… crecer: “y el mundo adulto extiende su desierto prometido”, con bellos versos referidos a la madre: “el temblor de tus canciones en la lluvia” y aún más esta dupla: “sé que la única manera de no perderte / es convertirme en el espejo que devuelve tu fulgor”. El buen manejo del lenguaje queda claro en la descripción del entorno de su casa: “Bajo el almendro polvoriento / cuya sombra es un charco minúsculo / en el horno de la tarde”.
En “Cicatrices que aún cosen”, título de la cuarta parte, nos abisman a la soledad de la joven poeta: “cuando apago las luces / y el mundo se reduce / a mis latidos contra las paredes”. La solitaria realidad que rodea a nuestra autora queda grabada en esta estrofa de sincera confesión: “Pero yo te he visto florecer en mis madrugadas, / tejiendo estrellas con mis insomnios, / amamantando mis versos recién nacidos, / danzando conmigo en la cocina / mientras la luna espía por la ventana”. La soledad, por supuesto, condición sine qua non de la poesía y del poeta. Cierra la sección un poema que parece ser una elegía a alguien llamado “Jaime” (título del texto) trabajado con diestra maestría, hondo sentimiento y afiatado ritmo que destaca especialmente en el libro. Leamos: “Había una belleza en su batalla callada, / en el vértigo dulce de su risa repentina”. Aquí Camila demuestra su notable capacidad creadora en el lenguaje.
La última sección está compuesta por dos poemas. Se nos informa, gracias al nombre de esta parre del libro, que son “nudos que saben permanecer” porque “la hebra, hecha de pérdidas y esperanza, se anuda para no soltarse del todo, y en ese nudo, encuentra la fuerza de seguir siendo”. Es decir, hay una esperanza todavía una fuerza para continuar existiendo y, esperamos, escribiendo poesía. Que la hebra siga hilvanando, diríamos, de acuerdo con la simbología propia de Camila Donayre. Así tenemos “Alejandra” sobre la infancia a través de la imagen de una niña de aquel nombre. “Lo vasto en la grieta”, el texto final, funcionaría como un epílogo a toda la concepción del poemario. Hay un “desgarrar las costuras viejas”, “Pero en ese desgarro, / en esa pérdida delicada, / nacerá algo más vasto que la forma que tuve”. Se inicia una nueva etapa entonces: “en ese jirón de silencio, / se abre la claridad donde respira lo eterno”. Se soltarán los nudos, habrá una caída libre, mas “en ese vértigo sin redes, / mis raíces aprenden a beber de la altura” dice la poeta, o sea, se lanza a volar y ha de aprender en lo alto, en ese sideral espacio donde gobierna la poesía. De eso, queremos estar seguros y lo estamos frente a la obra primigenia de Camila Donayre.
Roger Santiváñez
[Orillas del río Cooper, sur de New Jersey, marzo de 2026]
