📖✨ Otro himno a la alegría
Julio Corcuera reconstruye, desde la memoria afectiva, los días de infancia junto a Marco Antonio Corcuera: las mañanas en el Mansiche, los amigos del barrio, los trayectos en camioneta y aquel himno aprendido entre juegos y risas, cuya melodía aún perdura en el recuerdo familiar.
In memoriam
OTRO HIMNO A LA ALEGRÍA
Cuando éramos niños, nuestro padre, el poeta Marco Antonio Corcuera, siempre se dio tiempo para compartir con sus hijos, pese a la agobiante carga laboral que desplegaba como abogado en Trujillo y como asesor externo de la Fábrica Cementos Pacasmayo en esa ciudad, trabajo que lo obligaba a ausentarse de casa tres días a la semana. Pese a ello, Marco Antonio jamás fue un padre ausente.
Durante nuestras vacaciones, nos llevaba a la piscina del Club Libertad para ejercitarnos en natación; nos esperaba en la pérgola consumiendo un rico platillo (chicharrón de pollo) y su bebida preferida, ginger ale, siempre acompañado de mamá. Íbamos también a aprender judo en el Club Berendson o inglés en el ICPNA, que antes quedaba en el tercer piso de la Beneficencia Pública. Siempre tuvo muchos detalles de cariño y acompañamiento para que nuestras actividades extracurriculares fueran de placer y disfrute total.
Tengo una anécdota muy simpática en torno a esto. Cuando empezaban las vacaciones, organizaba nuestras mañanas deportivas conjuntamente con nuestros entrañables amigos de barrio. Nos reunía en casa y proponía llevarnos muy temprano a jugar al Complejo Mansiche, recién en construcción y con solo una o dos lozas de cemento; lo demás era tierra. Para nuestro fútbol, improvisábamos arcos de piedra y delimitábamos el área de juego con alguna seña en los costados.
Puestos de acuerdo, mi padre —que por ese entonces contaba con una camioneta station wagon marca Hillman Minx— recogía de sus casas a cada uno de nuestros amigos y vecinos de barrio; nos apilábamos incluso en la maletera. Entre nuestros grandes amigos de esa época (estoy hablando de los años setenta) recuerdo a Javier Carranza, Julio Zárate, Fernando Armas, Juan Carlos Pi, Eduardo González, Fernando Cabrejos y, desde luego, a nosotros, los tres hermanos Corcuera: César, Paúl y Julio.
Nos dejaba instalados en la cancha y, desde el carro, observaba feliz nuestro alegre y bullicioso esparcimiento.
Mientras nos llevaba o regresaba, solía entonar un himno que había aprendido de joven. Según él, era de una universidad de Chile. Es una pena recordar ahora solo una parte del referido himno; sin embargo, en su momento lo aprendimos completo de tanto escucharlo y repetirlo.
Comparto esos fragmentos sueltos que aún suenan en mi memoria con la cariñosa voz de nuestro progenitor.
Esta es la universidad,
la alegre muchachada,
que levanta la
frente al sol,
vibrante de vivir de amor.
Alegres transcurríamos
los días de estudiantes,
porque son los más hermosos
y porque nunca volverán.
A luchar, sin cesar,
anhelantes en el alma brindemos,
el vivir sin sufrir.
…
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Cuánto amor recibimos de nuestros padres, siempre plenos, con la satisfacción de vernos crecer sanos y felices.